César Aira

Un episodio del contestador automático – CÉSAR AIRA (Texto completo)

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Odile fue entre nosotros pionera en el uso del contestador automático; se trajo uno de Francia cuando apenas la industria salía de la etapa de los prototipos y ponía en venta, quizás prematuramente, el primer modelo doméstico… Un modelo que hoy nos parecería primitivo, enorme, tosco, un mueble, que le instaló un electricista ingenioso al lado de la mesita del teléfono, en el que tuvo que abrir agujeros con taladro y hacer conexiones artesanales, a su criterio… Una maraña de cables unía los dos aparatos; parecía un teléfono unido a un pulmotor… Es curioso notar cómo percibimos la tecnología: eso que hoy veríamos como un adefesio tróglodita, entonces lucía hipermoderno, impecable, eficacísimo… Y realmente andaba, aunque habría que preguntarse si era muy útil. Como todavía no existían los casettes, tenía cinta, que se enroscaba y desenroscaba en dos bobinas verticales, como dos ojos visibles tras un vidrio. Tenía una sola cinta, de modo que Odile no podía dejar mensaje; si estaba en funcionamiento, se ponía en marcha con el primer impulso eléctrico del primer timbrazo: las bobinas empezaban a girar majestuosamente y seguian haciéndolo durante cinco minutos, hasta detenerse con un sonoro “tac” y dejar brillando una luz roja. Esas cosas parecían casi mágicas, incomprensibles. Lo moderno está habitado por una gran ingenuidad es una corriente de ráfagas pueriles.

Por supuesto, Odile lo encendía sólo durante sus ausencias. Tenía una agenda social y profesional tan nutrida, y una familia tan extensa, que su teléfono estaba sonando siempre, y ella llevándose el receptor a la cara todo el tiempo. Después del divorcio se había mudado a un departamento más chico, y salvo cuando su hijo menor, el único soltero, venía a visitarla en las vacaciones (estaba radicado en el Canadá), vivia sola. Una mujer hacia la limpieza y las compras por la mañana, y se iba después del almuerzo. De modo que a la tarde y a la noche, si Odile salía, no quedaba nadie en la casa, algo que no le había ocurrido nunca antes en su vida, y fue lo que la decidió en favor del contestador.

Ahora bien, por ser este aparato algo tan nuevo entonces, y poco difundido (aparte de que uno en realidad no se habitúa nunca a un contestador automático), sumado al hecho de que no tenía una segunda cinta en la que la voz de Odile pudiera dar instrucciones, lo cierto es que nadie dejaba mensajes. Los más creian que la comunicación se había cortado, esperaban un poco, perplejos y cortaban a su vez. Los que estaban al tanto se limitaban a pensar: “Odile no está” y también cortaban. Cuando ella volvía a casa y veia la luz roja (era lo primero que miraba) tenía que contentarse con escuchar silencios, más o menos largos, aunque siempre duraban cinco minutos. Con todo, una virtud tenía el dispositivo, y era que las grabaciones salian con una pasmosa fidelidad; los silencios no eran tales, había un susurro de fondo, a veces hasta la respiración, o uno de esos pequeños sonidos involuntarios como el hipo. Por ellos Odile solía reconocer al que había querido hablarle, y marcaba su número: “¿Vos me llamaste?” “¡Sí! ¿Cómo adivinaste?” Siempre acertaba, se habia vuelto habilisima en esas mancias, que no eran tales; ni siquiera podía decirse que reconociera el silencio propio de cada uno de sus conocidos; lo que pasaba más bien, y lo que nos pasa a todos, es que la gente que la llamaba. si bien numerosa, era limitada en número. y las ocasiones de llamarla estaban determinadas por el reloj social, de mecanismo más complicado pero no menos predecible que el reloj de sol. No obstante lo cual, y por una simplificación fácil de entender, su contestador automático se había hecho fama de mágico.

El círculo de conocidos y amigos de Odile, como dije. era amplio y poblado. Su actividad profesional, su condición y su carácter contribuían a que lo fuera. Era un circulo oscilante entre lo público y lo privado: todos ellos tenían actividad en el campo de las letras, de las artes, de la politica o la beneficencia, entrelazados en la malla general de la “café society”, tan brillante en aquellos años. Tan estable y saludable era esta humanidad, tan excepcional la muerte que una baja en sus filas constituía un acontecimiento absorbente, casi fabuloso.

Precisamente por esa época murió, joven y promisoria. una amiga de Odile. Fue un mazazo. Como suele suceder con las muertes prematuras, todos se sintieron culpables, unos más y otros menos según sus personalidades y el grado de relación que habían tenido con la difunta. La pobre Hairenik (así se llamaba) fue elevada a la categoría de mito doméstico, sus hechos y dichos fueron reinterpretados, su destino puesto bajo los reflectores fúnebres, y las circunstancias de su deceso examinadas con un detallismo especulativo que rozaba la obsesión. Para Odile fue un objeto de pensamiento permanente durante días y noches. Rechazó con energía la hipótesis del suicidio, que estaba latente. El certificado de defunción decía “paro cardiorrespiratorio”, y Hairenik había sufrido de una inversión congénita de las válvulas ventriculares, enfermedad que la había hecho frágil, retraida, introspectiva, un vaso de cristal oscuro lleno de cuarteaduras. Su corazón se había debilitado adicionalmente por el uso y abuso de somniferos con los que combatia el insomnio, y sobre todo el miedo al insomnio; ese miedo la había llevado a vivir con los horarios cambiados: velaba de noche y dormía o trataba de dormir de día. Al mismo efecto debilitante debian de haber contribuido los cigarrillos negros franceses que fumaba absolutamente todo el tiempo.

Aun cuando la defendía con vigor de la culpa de haber atentado deliberadamente contra su vida, y hasta tuvo agrias discusiones al respecto, Odile no podia dejar de reconocer in pectore que Hairenik “se habia dejado morir”. Habia sido una depresiva, eso estaba fuera de toda duda. En cierto modo una suicida, sobre todo en los últimos tiempos, cuando la calidad de su obra había empezado a decaer y las fuentes de su inspiración parecian haberse secado. Y ante el tribunal de su conciencia, Odile se confesaba culpable de no haber estado a la altura del cariño y la admiración que sentía por la muerta.

La había tenido un poco olvidada, no la había llamado… Los dos meses previos al deceso, o algo más, no había pensado tan siquiera en ella ni una sola vez, culpa que ahora expiaba teniéndola todo el tiempo en el pensamiento. Y quizás no había sido sólo distracción o sobrecarga de la agenda; estaba lo incómodo de los horarios de Hairenik, su problema de insomnio… El timbrazo del teléfono podía interrumpir un sueño logrado a costa de los más exigentes experimentos en conciliación… Ahora que lo pensaba (y vaya si lo hacia) encontraba extraño que Hairenik no dejara descolgado el teléfono, porque era inevitable que sonara; y nunca lo había hecho. Pero eso tenía una explicación bastante obvia; como muchos depresivos, Hairenik vivía pendiente de la esperanza de un llamado salvador. Jamás habría atentado contra el teléfono, que era su talismán, su salvavidas virtual.

Con todo, los inconvenientes de horarios no eran la causa principal, eran más bien una excusa que los remordimientos de Odile traspasaban. No podía ocultarse a sí misma que su retracción de los últimos tiempos obedecía a causas más sustanciales. La personalidad atormentada de Hairenik, tan distinta de la suya, había terminado produciéndole un rechazo. Después de los primeros años de amistad, en que habían sido tan intimas, tan inseparables, se habia producido un cierto desencanto. En el mundo cada cual representa su personaje, pero Hairenik había insistido demasiado con el suyo, se lo había tomado en serio, o, lo que es peor, había pretendido que lo tomaran en serio los demás. Y eso había empezado a sonar como un reproche a Odile, la frívola Odile, siempre tan atareada, tan práctica, tan prosaica. Frente a alguien que tiene motivos para vivir, el que no los tiene luce superior, insondable, fascinante; para el primero la situación es humillante. Odile había sido una adolescente fea, y había sufrido en carne propia la estrategia de las lindas de salir en su compañía para hacer resaltar sus encantos; al crecer, se había jurado no volver a prestarse a ese tipo de maniobras.

¡Pero ahora las cosas se habían dado vuelta! Odile tenía toda la superioridad que podía tener: estaba viva. Esa ventaja se imponía a cualquier otra que Hairenik hubiera podido tener sobre ella, y en cierto modo revertía sobre el pasado, transformándolo. Odile se sentía en retrospectiva capaz de ayudar a su amiga, capaz de espantar con un gesto. con una risa, los murciélagos de pesadilla que habían perseguido a su pobre amiga. Se sentía capaz de convencerla (ahora que ya no podía convencerla de nada) de que sus problemas habian sido imaginarios. su dolor una ilusión, sus demonios perseguidores meras fantasias. Se sentía omnipotente, ahora que no podía ponerse a prueba. La ocasión había pasado, era irreversible. Nunca podría cumplir su deber piadoso de amiga. Nunca, nunca. La muerte, ese fenómeno terrible, se habia interpuesto entre las dos. De sólo pensarlo, Odile sentia una angustia que no habia sentido antes en el transcurso de su vida superficial y mezquina.

En la época en que estaba haciendo crisis este proceso espiritual, unos quince días después del entierro, una noche Odile volvió a su casa de un vernissage, y se fue de cabeza al contestador, como hacia siempre. Encontró grabados los silencios habituales, tres o cuatro de ellos, y más o menos adivinó o creyó adivinar de quién se trataba. Agendó mentalmente los llamados que haría, pero antes de apagar el contestador se impuso una tarea engorrosa: dar vuelta la cinta, porque ya estaba casi al final, y si no lo hacía ahora corría el peligro de olvidarse al día siguiente cuando volviera a salir. No era fácil. El aparato debía estar encendido, porque si no la tapa se trababa, y Odile le tenía tanto miedo a la electricidad que debía operar con la punta de los dedos. tirando de la cinta misma para no tocar los carretes de las bobinas, que eran metálicos. Desde que vivia sola, le había dado la manía de temer a la muerte accidental. Estuvo trabajando un rato, conteniendo el aliento, pero sin inconvenientes: tenia práctica, ya que debía hacer esto mismo dos veces por semana. Al fin terminó; ajustó las bobinas contra el fondo del aparato empujando con un panñuelito, metió la cinta en el cabezal y suspiró. En el momento en que cerró la tapa de vidrio. el contestador se echó a andar. ¿Por qué? Vio desconcertada cómo giraban las dos bobinas. Nunca le había pasado antes.

Por causa de la sorpresa, no estaba en las condiciones ideales de percepción como para decidir de quién era ese silencio que estaba saliendo por los parlantes. La adivinación (o más bien: deducción) corriente no tenía curso. además, porque ese tramo de cinta debía de corresponder a grabaciones hechas un mes atrás. Y no habia sido un mes común; la desgracia lo había partido por el medio.

Sensibilizada por la constante vuelta al pasado a que había venido cediendo últimamente, y por el examen de conciencia que ondulaba estos regresos, y en ese momento por la tensión que le producia el miedo a la electricidad, Odile quedó pasmada y las más extravagantes presunciones hicieron presa de ella, casi como si se hubiera colado un ladrón en el departamento. No sabía cómo reaccionar a lo desconocido: ni al arcano de la máquina ni al que había dentro de ella. En la ignorancia, tomo el partido de recurrir al único gesto habitual que tenía a mano. Levantó el tubo del teléfono, se lo llevó a la cara, y habló:

—¿Hola?

Al decirlo sintió lo absurdo que era; pero no importaba porque no tenía testigos. Y aunque los hubiera tenido tampoco habría importado porque es bastante común que una comunicación se corte o no enganche de entrada; el teléfono es la única circunstancia socialmente excusable de hablar solo. Para su inmensa sorpresa, no fue el caso esta vez, porque una voz le respondió:

—¿Hola Odile? Soy yo.

El corazón le dio una vuelta carnero. Si no hubiera estado tan entumecida por el susto habria gritado. A pesar de lo cual fue en ese momento que se le ocurrió una explicación plausible: alguien debía de haber llamado en el momento justo en que colocaba la cinta, y por eso el aparato se había activado, impidiendo que sonara el timbre. Las bobinas seguian girando…

… pero no se molestó en detenerlas. Porque había algo más, algo tan asombroso que obturó por el momento cualquier otro pensamiento. La voz… ¡era la de Hairenik! Esa voz inconfundible, enronquecida por el tabaquismo, con su dicción tan peculiar, tan poco espontánea. La voz que había creido que no volvería a oir nunca más. El horror le hizo crispar el rostro en una mueca imposible. Mil ideas deformes y entrecortadas pasaron como relámpagos por su cerebro. Odile era una mujer muy poco inteligente. Su banalidad no era una máscara. Pero toda desventaja es una ventaja por otro lado. Las fuerzas dispersas de su falta de inteligencia podian concentrarse en determinadas ocasiones y actuar en conjunto como un taladro que horadaba la roca. Fue lo que sucedió en ese momento. No eran fuerzas despreciables, el Lugar Común, el Paralogismo, la Necedad, el Prejuicio, la Obviedad, y quién sabe cuántas más, todas coordinándose como una formidable bola de nieve cósmica. Gradualmente, pero en décimas de segundo, fue sintonizándose.

—Sos vos, H… ¡querida! —El nombre de su amiga, ese estúpido nombre finoungrio, Odile nunca había podido pronunciarlo bien; decía “Haidreni” o “Hairedni”, o “Hindraike”, o “Hiraikeni” o como le saliera, siempre distinto y siempre mal. Como sospechaba que la otra estaba acomplejada por ese feo regalo que le habían hecho los padres, temía ofenderla y nunca lo emitía en su presencia; le decía “querida” o “nena” o directamente evitaba el vocativo. De modo que ahora a Hairenik no podría extrañarle que no la nombrara. —¡Qué sorpresa! ¿Qué hacés? ¿Qué estabas haciendo? Yo acabo de llegar del vernissage de Rómulo y me…

—Bien, y vos.

La interrupción parecía venir de otro mundo. “Me tutea”. pensó un sector de la mente de Odile, “quiere decir que es alguna amiga de confianza.” Porque se estaba preguntando, efectivamente, quién podía ser. Toda una mitad de su mente (pero una mitad entremezclada con la otra mitad) había descartado de entrada la hipótesis sobrenatural. El cuidado de no pronunciar el nombre de la muerta obedecía, bajo esta luz, a una elemental prudencia ante el ridículo. La hipótesis alternativa que había elaborado su preconciente alborotado era la de una llamada común y corriente, casual, que hubiera entrado directo al contestador sin hacer sonar la campanilla. Siguió hablando ligerito, para ganar tiempo:

—Bien, bien. Vengo del vernissage de Rómulo…

—Más o menos. A cara de perro.

¿Qué quería decir eso? ¿De qué le estaba hablando? ¿Estaría peleada con Rómulo? Estaba demasiado nerviosa para pensar. ¿Quién podia ser? La voz de Hairenik, y su dicción, precisamente por ser tan peculiares y poco naturales, eran fáciles de imitar, y a Odile le constaba que muchas se la habían copiado, esas jovencitas snob de clase alta que siempre andaban tras ella, sus fans, su corte. Odile conocía a la mayoria. a las más asiduas, pero se le mezclaban. El parecido de la voz era alucinante. al oírla no podia evitar ver la cara de la muerta.

—¿Cómo?

Una risita, superpuesta a su pregunta, fue la única respuesta. ¡La risa de ella! ¡Cómo la copiaban, esas turras! Pero al mismo tiempo, otra porción frenética de su alma se acercaba a la realidad del milagro, a que fuera de verdad Hairenik hablando desde la muerte. Se apresuró a hablar:

—¡Qué suerte que me llamaste! ¿Cómo te sentis? ¿Cómo estás? ¿Cómo te…?

—Estás loca, Odile.

—¿Eh?

Todavía no terminaba de adaptarse. y ya empezaba a sentir que la conversación seguía, se prolongaba… Y ella se estaba perdiendo una oportunidad sin parangón… ¿La oportunidad de que? Eso era lo que no captaba. La sentía fluir, desnuda y resbalosa, muy próxima, “calva” como la pinta el proverbio, pero… Asi suele presentarse la ocasión: tan cercana y accesible que basta con estirar la mano para hacerla calzar en el dedo, y a la vez tan inescrutable que uno no sabe de qué le serviria. Pero la coordinadora de fuerzas idiotas estaba en acción, y le tendió un cable: la ocasión, esa ocasión, era la ocasión de hablar con Hairenik.

¿Cómo podía ser? ¿Acaso existía la menor posibilidad de que sucediera? ¿Hablar con una muerta? Odile era conciente de la inconveniencia de creer en los milagros.

Quizás sus remordimientos, su anhelo imposible de tener o haber tenido una oportunidad con Hairenik, se habian hecho públicos; ella era tan suelta de lengua, tan transparente: y esas perras tan chismosas… Quizás estaba siendo objeto de una broma de pésimo gusto. Claro que. mientras se mantuviera la ambigúedad, no corría peligro.

—¿Por qué decis…?

—Yo tampoco.

—¿Eh? ¿Cómo?

Respiró con fuerza tratando de calmarse. La ambigúedad es la base de toda conversación telefónica. Tendría que aceptarla sin restricciones, zambullirse con decisión en la ambigúedad, sin ambigúedades (pero no sin precauciones; era más fuerte que ella). De pronto la poseía un casi insoportable sentimiento de urgencia. Fijó la vista en las bobinas, que seguían girando impávidas. Calculó que había transcurrido un minuto desde que levantara el tubo; quedaban cuatro… Se había hecho un silencio en la linea.

—Escuchame, quiero decirte una cosa. Es importante.

—Sí.

Esta vez la réplica había caido justo. Se sintió más segura. Le estaba tomando la mano.

—Algo importante… —repitió, y mientras lo decía se preguntaba: ¿Qué? ¿Qué era importante? Era un vértigo… Ella misma no sabía qué quería decir, y su pobre amiga no podría adivinarlo nunca… porque estaba muerta, estaba en el pasado, estaba sumida en la desesperación de “dejarse morir”… Toda su inmensa responsabilidad se le aparecía a Odile con insólita gravedad. Se sentía una madre, casi una diosa… pero lo sentía respecto de una Hairenik que no renunciaba a su altura intelectual, a su aplomo irónico de gran artista, celebrada y conciente de su valor, frente a la amiga tonta y frívola… ¡Pero debía decirlo! ¿Qué habían sido estos días de duelo sino un largo ensayo de esta  epresentación extraña sobre la que se había alzado inopinadamente el telón? Y tenía la mente en blanco.

—¡Es importante! —gritó con la garganta desgarrada—. ¡Hay que hacer la jerarquía de lo que es importante y lo que no lo es!

—Siempre lo mism…

No la dejó terminar. La espantaba la posibilidad de que se pusiera a hablar y no le diera tiempo:

—¡La vida es importante! ¡Vivir! Lo demás pasa a segundo plano. Porque todos los problemas pueden solucionarse viviendo. ¡Vivir es una eternidad!

Sentía como si nunca antes en toda su vida hubiera estado en el trance de tener que decir algo, explicarse, buscar las palabras adecuadas a su pensamiento. Quizás era así. Lo más difícil era no poder dejarse ir en el discurso y buscar en los meandros la linea recta, porque se lo impedían las respuestas, que caían del vacio como campanazos del destino. En este momento, justamente, un sexto sentido le indicó que venía una y cerró la boca.

—¿Cómo la estás pasando, Odile?

Muy bien. Debía asimilar eso, apoyarse en eso, sacar sus fuerzas de ahí, su impulso, su inspiración. Tenia motivos para hacerlo porque cada vez estaba más convencida de que era la voz de Hairenik, la voz inconfundible y única de su amiga muerta.

—¡Yo bien! ¡Quiero decir: mal! ¡Cómo querés que esté! Todo va pasando, lo malo y lo bueno juntos. ¿Quién va a poder separarlos? Yo… Era inútil. ¿Cómo hacer filosofía en esas condiciones? Estaba demasiado acotada. Ya sentía venir otra réplica:

—Sí.

“Si.” Es decir que aceptaba sus razones. Era un paso adelante, ¿pero en qué dirección? La hipótesis con la que estaba elaborando la comunicación, sin ponerse a pensarlo en detalle porqueno tenía tiempo, era que en el contestador hubiera quedado grabada la voz de Hairenik, de alguna conversación telefónica que hubieran tenido ellas dos en el mes anterior a la desgracia. Sólo habían quedado registradas las intervenciones de Hairenik, por algún capricho del aparato. Era muy posible. Y ahora le daba la oportunidad de sostener un diálogo no por irreal menos eficaz para satisfacerla. Si lo pensaba, sabría que no era un diálogo de verdad; si se quedaba callada, oiría las réplicas sueltas de la muerta, y sería apenas el recuerdo tristisimo de un momento trivial, de una ocasión desaprovechada… Por eso debía apresurarse, caer en los huecos con todo el peso de su vida, con la seriedad que tenía y que nadie adivinaba en ella. Había inclusive un motivo práctico: existía la posibilidad de que todo estuviera grabándose, y si salía bien, como una sonata de Beethoven tocada por Claudio Arrau, tendría algo material que exhibir… ¿Un simulacro? ¿Y qué? ¿Qué importancia tenía que lo fuera? ¡Si todo era simulacro! ¡Todo era teatro!

“Sí.” Debía enganchar a partir de eso. O más bien: de lo que seguía. No de la réplica anterior sino de la próxima. ¿Pero cómo saber cuál sería la próxima? El único modo de saber qué dice alguien es que lo diga, y que por efecto de la emisión lo dicho quede en el pasado: y el tiempo no corre al revés. ¿O sí lo hace, en algunos casos muy especiales?

No debía dejarse llevar por la especulación: la esencia de la concentración estaba en la práctica, en lo inmediato de la práctica. y lo inmediato era lo que debía decir ya, ¡ya!. en este mismo instante, sin pensarlo.

En el fondo, era un simple problema de adaptación. Adaptarse en el fondo no es otra cosa que tener en cuenta los desfasajes más sutiles del tiempo. Mientras el organismo habla o piensa, en el presente de esa tarea. está transcurriendo un tiempo anterior, el que lo llevó a ese estadio de su vida. Y a la vez está pasando el futuro que resultará de sus palabras. (Veinte años después el tema se pondría de moda, con las peliculas de viajes en el
tiempo, pero aqui también Odile fue una adelantada.)

Para tener la oportunidad de adaptarse, hay que persistir, porque la persistencia es el planeta individual sobre cuya superficie pueden producirse los desfasajes. Cada pequeño hecho de la vida debe ser “precedido después” por el «antecedente a posteriori” que le dé sentido… Transformar por anticipación.

En suma: adaptarse es salvar una vida, la propia o una ajena.

¡Qué momento para Odile! Nunca se lo habría esperado. El único recurso al que pudo echar mano fue la improvisación. Aferrada al teléfono con vigor de electroshock, metamorfoseada en una roca en llamas, debió improvisarlo todo. Y si bien es cierto que el arte augusto de la improvisación estaba muy por encima de sus posibilidades y capacidades, tenia la ventaja de que, obligada por el salto en el tiempo, tomaba a la improvisación por su origen, no in media res como se hace habitualmente. Y además, ella tenía práctica en la materia, no era una novata. En su trabajo de periodista cultural recurría de modo sistemático al plagio, que es la forma extrema de la improvisación. No se le ocultaba que eso la volvía objeto de burlas. sobre todo en el medio sofisticado y pretencioso que había presidido Hairenik. la talentosa, culta e inteligente Hairenik. Pues bien, el escarnio ahora se volvia a su favor. La risa a sus espaldas era su arma.


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