César Aira

La trompeta de mimbre -CÉSAR AIRA (Texto completo)

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La trompeta de mimbre
César Aira

Estamos incapacitados para hacernos cargo de nuestras propias vidas. Hay un muro sólido entre la iniciativa que nosotros mismos podamos tomar, aun inflamados por las mejores intenciones, y los efectos que pueda tener sobre la existencia de la persona que somos. Es un giro imposible. La acción puede ser todo lo eficaz que uno quiera sobre el mundo exterior, incluido el prójimo de carne y hueso, pero falla en el intento de revertir sobre el agente. Le basta con volverse en esa dirección, con la mera ilusión de sacar provecho de su energía, para marchitarse miserablemente y caducar.

De modo que necesitamos que otros se ocupen. Que nos lleven y nos traigan, que nos den casa y comida, que nos vistan y entretengan, que nos digan qué tenemos que hacer. Somos criaturas inermes, y toda nuestra agenda se resume en el plan de ponernos en manos de padres benévolos y atentos. ¡Que se ocupen ellos! Nosotros no podemos. Lo hayamos probado o no, sabemos que no podemos y nos rendimos de antemano.

Hay algo incompatible entre la intención y el que la emite. Si la torcemos de regreso a su origen se transforma en una rama seca que sólo puedeherirnos: hincada con obstinación en nuestra carne, nos volvería monstruos o criminales. Es preferible renunciar.

¡Que se ocupen otros! Que actúe la piedad, la conmiseración. el sentido del deber. Nunca falla. Por miedo más que por altruismo. o por un cálculo de conveniencia; porque el problema que somos, la carga que somos. sólo puede crecer, y si no se hacen cargo ahora tendrán que hacerlo después, cuando sea más difícil y costoso. El tiempo actúa a nuestro favor. Nos entregamos a su corriente gravitatoria con el temblor de la impotencia.

Y sin embargo vivimos. trabajamos, nos casamos, tenemos hijos… Durante largos periodos nos vemos librados a nosotros mismos, sin recibir ayuda de ninguna especie. Increiblemente nos las arreglamos. Nos enganchamos a alguna onda de prosperidad objetiva. somos uno más, hacemos lo que hacen todos. Se crea una norma, y nos prendemos con uñas y dientes a sus términos que nos servirán para hacer reclamos llegado el momento. Y mientras tanto vivimos, nuestros hijos crecen… Pero para qué engañarnos. Nadie sabe mejor que nosotros que es un simulacro, una ficción. La autonomía es “pour la gallerie” y además provisoria; la mascarada no tarda en disolverse en el aire. La edad. las enfermedades, algún accidente. alguna desgracia que nos deprime (nunca falta algo) traen incapacidades con las que al fin podemos dejar caer el simulacro y ponernos a merced del que haya quedado más cerca. Nunca dejará de haber alguien que se haga cargo. Empiezan a ocuparse de nosotros en una emergencia, y después ya no pueden dejar de hacerlo, no los dejamos. Es el curso natural de las cosas: todos vamos hacia eso.

Se diría que en esta pintura falla la reciprocidad. No hay tal. Desde el otro lado también se va en la misma dirección. que es una y la misma se vaya o se venga. Si es necesario, absolutamente necesario aceptamos ocuparnos de otros. De mala gana, a cara de perro, a regañadientes, lo hacemos. Pero es un simulacro del simulacro, una ficción al cuadrado lo cual está dentro de la naturaleza de la ficción, que para persistir más allá del instante de su creación debe pasar a otros niveles, transmutarse en sus “potencias”.

Tomando el asunto en términos menos absolutos, se diría que es una cuestión de madurez. Pero entonces ya no se puede generalizar, porque cada individuo madura a un ritmo diferente, y las diferencias son tan grandes que no se puede hacer inferencias seguras. Además. aun en un individuo la maduración no se realiza en bloque sino por áreas entre las que también se establecen distancias inconmensurables.

La intuición popular acierta al medir la madurez de una persona por su manejo de las relaciones en sociedad. A estas relaciones las rige la cortesía. Pero no hay que confundirse: la cortesía es apenas un ersatz de la madurez, útil solo mientras no hay una madurez genuina. Cuando ésta no llega, la cortesia sigue haciendo su papel en el área de las relaciones interpersonales hasta la vejez como un patético simulacro de madurez. En esos casos al persistir más allá de su función, al hacerse definitivo lo que era un instrumento descartable. la cortesía se vacia de contenido y queda reducida a un cascarón, un formalismo con lo que se consuma en el estado en que la conocemos. Su utilidad sólo se manifiesta plenamente en la juventud  cuando la obediencia a sus reglas nos evita cometer torpezas irremediables. Pero cuando funciona demasiado bien, y se vuelve una segunda naturaleza, hace obstáculo a una relación adulta y realista con el prójimo. Para disolverla entonces es preciso recurrir a la brutalidad y el salvajismo, y es ahí cuando descubrimos su inaudita resistencia.

La edad de la educación del ser humano dura casi toda la vida. En los márgenes se alojan un antes y un después. El “después” es el final, siempre prematuro y anticipado. El “antes”, la infancia, cuando ni siquiera la cortesía importa todavía. Los niños son como animales salvajes, a los que nadie educa porque es de todo punto de vista inútil. No registran lo que se les dice; mal podrían recordarlo. Respecto de nosotros son como seres de otra especie, con los que no hay comunicación posible. Y no es que sean tan chicos. ¡Ojalá lo fueran! Ya tienen cierta medida de independencia y hasta de discernimiento, que usan como un arma contra nosotros. Entran a la casa gritando a la hora de la siesta, acompañados de sus amigos, sus pies inquietos hacen resonar los pisos de madera… Los portazos estremecen la casa, la televisión se echa a andar a todo volumen. No hay nada que hacerle, nunca serán como nosotros, o lo serán en otra vida y en otro mundo. No les importa que estemos tratando de dormir, que hayamos pasado mala noche, que el sueño en el que ponemos tantas esperanzas de renovación orgánica se nos haga esquivo… ¡Qué sabrán de eso! No saberlo no sería tan grave, porque podrian aprenderlo. Es que no lo sospechan, no se les ocurre la posibilidad de que existan esos problemas, están en otra dimensión. No piensan. No saben pensar. ¿Y cómo iban a saberlo? Deberíamos haberles enseñado, pero a pensar se aprende desde muy temprano, desde el principio, o no se aprende nunca. Y el principio ya pasó y quedó atrás, hace mucho. Para recuperarlo habría que retroceder en el tiempo, fantasia irrealizable. Víctimas de un cansancio inmenso, el esfuerzo sobrehumano de la pedagogía nos supera.

¿Qué podemos hacer ante el ataque? Nos retraemos, a un espacio interior sórdido y decadente, tratando de pasar inadvertidos. En ese rincón polvoriento del castillo de la mente no hay perspectivas, nada se renueva, todo es lo que era, indefinidamente. “Nunca serás nada…” ¿Dónde hemos oído eso?

Si fuera posible iniciar algo, nos lanzaríamos a una profunda y exhaustiva investigación filosófica de las causas de nuestro fracaso. Como la filosofía, practicada al modo convencional, no lleva sino a ensoñaciones imprácticas, nos hemos decidido por un método no libresco: el diálogo. No el diálogo que podría llegar a transcribirse, o a ensayarse y representarse, sino el improvisado. Su instrumento esencial no es la palabra sino la escucha. La escucha profunda. Es una operación de índole musical. Se escucha en profundidad al interlocutor: sus preguntas y respuestas, sus balbuceos y vacilaciones, el timbre de la voz, la resonancia durante las pausas. Ahí echa sus raíces el saber
de la vida.

Los participantes del diálogo se revelan ignorantes. imbéciles, frívolos. Sus problemas son tan mezquinos que moverían a risa si hubiera alguna distancia desde la cual contemplarlos. Pero la profundidad anula toda distancia: la escucha profunda efectúa una contigúidad total, mente a mente, pensamiento a pensamiento. Así se revela la naturaleza del cosmos, buceando en el fondo del diálogo.

Sea como sea, basta con un sencillo cálculo para tomar el hilo de una explicación racional de nuestros males. Si los niños no los sufren es porque no tienen historia; luego, es en nuestra historia donde habrá que buscar las causas. Y dentro de las historias personales, habrá que investigar los detalles más aparentemente insignificantes, por aquello de “pequeñas causas, grandes efectos”. Sugiero fijar la vista en un detalle en particular: los traslados, los cambios de domicilio. No los que se realizan dentro de una misma ciudad sino los que implican distancias mayores, aunque no se necesita demasiado. Es rarísimo el compatriota que no haya sufrido algo de eso en algún momento de su vida. Fuimos a estudiar a una Universidad, nos mudamos con parientes al campo o la montaña, acompañamos a nuestra esposa a su provincia natal, nos ofrecieron un puesto en el norte o en el sur, la compañía para la que trabajamos nos dio el pase a una sucursal…. No importa que la distancia sea exigua: un solo grado de latitud ya se hace sentir, si no por nuestra percepción conciente sí por la infalible sensibilidad del cuerpo y luego de la mente. Cada punto del país tiene su acción propia y peculiar sobre el hombre, por la altura, el régimen de lluvias o vientos, la cercanía del mar y otros mil datos. De Nara a Yokohama, de Osaka a Tokio, de Kioto a Nagoya… La circulación no tiene fin. Es cierto que nos adaptamos rápido, con pequeñas mutaciones que pasan desapercibidas, pero los efectos son generales, dispersos en un puntillismo de totalización. Lo que antes nos daba frío ahora nos da calor, el mareo de la mañana se vuelve el dolor de piernas de la tarde, el desgano cambia unos minutos de lugar, el insomnio resbala unas horas… Una vez iniciado el movimiento, ya no se detiene, así tenga que hacerse en el vacío. Uno se vuelve soporte de un cambio constante. Y la mente, que sigue fija, sufre.

¿Cómo salir de esos malestares, y de todos los demás que nacen de ellos? ¿Cómo desengancharse de los problemas de la vida? Habría que dejar caer las expectativas, los proyectos, las ambiciones, las ideas; dejar sólo hechos, crear una objetividad que lo integre todo. Claro que esa renuncia no debería tener lugar a partir de una decisión deliberada sino que debería darse porque sí, por casualidad, porque la Tierra da vueltas. Pues bien, por causa del mismo efecto objetivo que debe lograrse, resulta que se da siempre, sin que tengamos que hacer nada especial para conseguirlo. Ni siquiera es necesario extender la conciencia para que cubra los estados de éxtasis porque estamos hechos de tal modo que una resignación de carácter se adelanta a cualquier ascetismo.

El problema se resuelve en aire, en nada. Cada cual tiene su estilo, y el estilo es todo lo que necesitamos. Los maestros son inútiles, y la maestría también: somos maestros, y no vale la pena que nos enseñen nada porque ya lo sabemos.

Es por eso que nos comportamos como los jóvenes: vamos y venimos, perdemos el tiempo, aturdidos, torpes, ignorantes, sin experiencia ni principios; no nos importa nada del prójimo pero nos estamos reuniendo siempre; hacemos cosas inútiles, trabajos absurdos, sin lógica; no sabemos organizarnos; la cabeza vacía, puro impulso y vanidad; precipitados, inconstantes, destructivos. Todo lo cual confluye en, o parte de, una actitud esencial: no confiar en los demás, no esperar nada de nadie. Ser autónomo. Recuperar el espiritu pionero que la humanidad ha venido perdiendo en los últimos cien años.

Sin ir más lejos: no esperar nada de los editores. El futuro, si hay un futuro, está en la autoedición. Dentro de poco, gracias a los adelantos técnicos, los libros podrán hacerse en casa, todos podremos hacerlos…

En este punto hay que preguntarse: ¿con qué se hacen los libros? Salvo que la pregunta debería ser: ¿con qué no se hacen? Todo resulta apropiado a la larga; cualquier tema, cualquier intención, cualquier actitud. Todos los libros son libros, pero todos son distintos porque han abrevado en las innumerables posturas de la vida social del hombre. Lo siguen y seguirán haciendo, en tanto existan hombres y libros. No hay que preocuparse por la originalidad porque sería virtualmente imposible que no la haya. Es como si el libro hubiera sido siempre un objeto experimental, la prueba infinitamente renovada de una particularidad absoluta. Un libro cualquiera puede ser modelo de todos los demás; de ahí que sea urgente establecer una tipología y al mismo tiempo no sea nada urgente ni tenga la menor importancia. Los “tipos” de libro se extienden en todas direcciones y a través de todos los niveles: novelas, catálogos, epistolarios, manuales, ilustrados, de tapa dura, de veinte páginas, de mil setecientas, apasionantes, para niños, de poesia, de viajes, best sellers. técnicos, troquelados, clásicos, en chino, en papel de arroz… Al ponerse al alcance de todos, esta multiplicidad exige formas nuevas de erudición, tan nuevas que no podemos imaginarlas y que sin embargo ya están en funcionamiento.


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