Simbiosis – RODOLFO WALSH (Texto completo)

Comparte en tus redes!

Simbiosis
Rodolfo Walsh

 

—El país es grande —dijo el comisario Laurenzi—. Usted ve campos cultivados, desiertos, ciudades, fábricas, gente. Pero el corazón secreto de la gente, usted no lo comprende nunca. Y eso es asombroso, porque soy un policía. Nadie está en mejor posición para ver los extremos de la miseria y la locura. Lo que pasa es que uno es también un ser humano. Pasado un tiempo nos cansamos, dejamos que las cosas resbalen sobre nosotros. Siempre las mismas elipses concéntricas, las mismas pasiones, los mismos vicios. Con tres o cuatro palabras explicamos todo: un crimen, una violación o un suicidio. Vea, queremos que nos dejen tranquilos. ¡Pobre de usted si me trae un problema que no se pueda resolver en términos sencillos: dinero, odio, miedo! Yo no puedo tolerar, por ejemplo, que usted me salga matando a alguien sin un motivo razonable y concreto.

El comisario, a todas luces, hablaba en presente histórico. Hace ocho años que está jubilado.

—Gracias —dije, sin embargo—. Lo tendré muy en cuenta.

—Bueno, eso es lo que yo pienso. Pero, tarde o tem- prano, un hombre que se mueve por el mundo husmeando en cosas turbias asiste al nacimiento de algo que es un monstruo. Fíjese: no digo una cosa, un ser material. Puede ser una idea, un sentimiento, un determinado acto que es de por sí aberrante. Puede ser todo eso al mismo tiempo.

Hizo una pausa que aprovechó para aumentar la presión barométrica con el humo deletéreo de su cigarrillo negro. Estábamos en el café de costumbre, en la mesa de siempre.

—Ciertas atmósferas —concluyó, espiando con los ojos encapuchados el efecto que me producían sus palabras— generan monstruos. Sonreí. El comisario, esa noche, mostraba cierta propensión al tremendismo.

—Hablo en serio —insistió—. ¿Le conté alguna vez que a mí me han tenido como bola sin manija por todas las comisarías del país?

—No.

—No —repitió—. Sería demasiado largo, pero créame.

—Una vez —dijo el comisario Laurenzi— fui a parar a un pueblo de Santiago del Estero, a unos ochenta kilóme- tros de la capital, un pueblecito sucio con una calle única que tiene la invariable dirección del viento y donde nunca termina de posarse el polvo. No había agua. A veces pasaba medio año sin llover. Cuando llegaba el tren con los tanques agua- teros, las mujeres y los chicos formaban una cola harapienta y resignada.

“Todo tenía el color de la tierra: las caras, las manos, las cosas. Usted podía cerrar las puertas y las ventanas, pero no podía impedir la sorda invasión del polvo. A las dos horas había una capa de polvo sobre los muebles, los vidrios, la ropa: una película blancuzca, casi imperceptible, pero inexorable y triunfante. Creo que con el tiempo eso llegaba a adquirir una proyección anímica.”

La población tenía casi toda sangre india. En los alre- dedores vegetaban algunos obrajes. Esto quiere decir que durante toda la semana el pueblo, falto de hombres, dormía. Usted sabe lo que es ese sueño de los pueblos del interior.

“Los domingos, el panorama se animaba. Llegaban los hacheros, para nosotros, en la comisaría, aumentaba el tra- bajo. Había rozamientos, pendencia. O esas interminables discusiones en que dos hombres bajo los efectos de la bebida, al rayo del sol, hablan de todo y no se entienden en nada, aunque finjan admitir el razonamiento del contrario para entrar a refutarlo. Al fin apelaban al cuchillo y llegábamos nosotros, la policía. Y después la curandera.”

“Pero la mañana siguiente todo estaba muerto de nuevo. Ni un alma en la calle, las puertas cerradas, y el sol calcinante y eterno. Como un escenario vacío donde periódicamente se representara una misma escena. Porque esa animación domi- nical era lo irreal. La realidad permanente era la otra.”

“Yo me había acostumbrado a esa inmovilidad, esa apatía, esa casi inexistencia. Es muy extraño, porque yo era un hombre de Buenos Aires. Sin embargo, llegué a dilatar toda resolución, a reducir mis movimientos al mínimo indis- pensable. Me convertí en la imagen perfecta del comisario tomando mate.”

“Yo era feliz. Todo marchaba perfectamente. Hasta que ocurrió eso brutal que le voy a contar.”

Se le había enfriado el café. Lo tomó de un trago, haciendo una mueca.

—Yo no sé —dijo— si usted ha visto un incendio en el campo. A veces arden leguas enteras de pastizal. Usted mira el horizonte y ve las columnas de humo. De noche es como un vasto cinturón de fuego, bello y terrible. Lo que pasó fue algo así, pero en otro plano. Ríase, pero no encuentro palabras para designarlo: un inconcebible incendio de almas.

“No —se anticipó—, no es una imagen poética. Las llamas sacan de sus guaridas toda clase de bestias feroces. Dejan tras sí olores pestilentes. Aquí también hubo algo de eso.”

El comisario carraspeó y encendió un nuevo cigarrillo. Tiene el don natural de la pausa dramática. Tal vez por eso le he dicho que debería dedicarse a escribir cuentos para las revistas. Él se ríe y contesta que lo deja para gente como yo. Conociendo su mal natural presumo que es una forma disimulada de insultarme.

—Es evidente —prosiguió— que las primeras señales de lo que acontecía se me pasaron por alto. Debo atribuirlo, por una parte, a la inercia que me dominaba, y por otra, al hecho de que yo seguía siendo para la gente del lugar un foras- tero. Lo cierto es que una tarde comprobé con asombro que el domingo estaba llegando a su fin y en el pueblo no había nadie. Durante largos períodos yo no llevaba la cuenta de los días. Una vez a la semana me despertaban los gritos de los hacheros, y entonces sabía que era domingo. Pero hoy la calle estaba vacía desde el amanecer. El cabo y los dos vigilantes no habían aparecido después de mediodía.

“Fui al almacén, y lo encontré cerrado. En las casas no había luz. Tuve la impresión de haber quedado absolutamente solo en un lugar desierto. ¿Sabe lo que hice? Me tomé media botella de caña y me fui a dormir.”

El comisario se rió con risa áspera.

—La tarde siguiente apareció el cabo y me contó lo que pasaba. Y fue entonces cuando oí hablar por primera vez del Iluminado. Creo que los diarios de Buenos Aires, más tarde, lo llamaron así. Usted recordará cómo les divirtió el asunto.

“El Manosanta (dijo el cabo) estaba a unas dos leguas del pueblo, en un rancho a la orilla del viejo cauce del río. Y por todos los caminos y picadas iba llegando gente para verlo. Gente enferma: tullidos, lisiados, ciegos, hombres y mujeres cubiertos de llagas y de pústulas. Gente pobre, harapienta, con una caterva de perros de igual condición.”

“Empezaba a atardecer cuando aparecimos nosotros. Mire, yo nunca he visto nada igual. Pensaba que cosas así sólo ocurren en esos países raros que vemos en los noticiarios.”

—La India —intercalé—. La procesión anual a las aguas del Ganges.

—Si usted lo dice… —admitió—. Bueno, había allí como dos mil personas en círculo, en un claro del monte. ¿Y sabe lo que hacían? ¡Rezaban! Estaban arrodillados y rezaban…

“Esas voces, si usted las hubiera escuchado… Era como un rugido en el desierto que llegaba en ráfagas potentes histé- ricas, con algo indefiniblemente doloroso. Me costó trabajo reconocer las palabras familiares. ‘Santa María, madre de Dios, ruega por nosotros, pecadores…”

“Y ese hombre, el Manosanta, pegado al tronco de un árbol en el centro del círculo, tan inmóvil que las ramas del árbol parecían brotar de su cuerpo, y las hojas, de su cara encendida por un crepúsculo violento.”

“Cuando terminó el rezo hubo un gran silencio. Apenas un llanto casi imperceptible se desprendía de algún rincón de la muchedumbre. Entonces el Iluminado se adelantó y empezó a hablar. Era increíble. Le digo que era increíble.”

Yo no recuerdo las palabras exactas que dijo, y de todas maneras no importan, porque era su voz, esa melopea áspera y al mismo tiempo irresistible, lo que hipnotizaba a la multitud…

“Pero había algo más. Una especie de relación telepática. No puedo describirla de otra manera. De otra manera no se explica el diálogo en que ese viejecito absurdo (yo ahora lo veía perfectamente desde mi caballo: la barbita rala amarilla de nicotina, los ojos saltones) se dirigía con una pregunta a la muchedumbre y ésta contestaba al momento, sin vacilar.”

“Casi todos los redentores, usted sabe, hablan el mismo lenguaje, un lenguaje que a los hombres serenos, en circuns- tancias normales, nos deja enteramente fríos o nos hace sonreír. No le pido, pues, que repare en las palabras que se cru- zaron esa tarde, sino en el mecanismo de esa comunicación.”

“—¿Cuál es nuestro pan? —preguntaba el santón.”

“—¡El hambre! —rugía la multitud.”

“—¿Y nuestra agua?” “—¡El miedo!”

“—¿Y nuestra esperanza?”

“—¡El milagro! ¡El milagro!”

“Él les prometía el milagro, un ancho y difuso milagro que lamería todas esas cabezas vencidas, esos miembros lla- gados. ¿Acaso el viejo río no volvería a su antiguo cauce? ¿Acaso no se quebraría el cielo, esa misma noche, en una lluvia purificadora y bienhechora? Con los brazos abiertos trazaba imaginarias riquezas, fecundidades imposibles.”

“Mire, si en ese momento yo no me hubiera dado cuenta de que estaba anocheciendo, si no hubiera visto el último sol que ardía entre los montes bajos, si no hubiera sentido el frío imperceptible que invadía el aire, creo que me habría que- dado allí indefinidamente escuchando a ese hombre harapiento y sucio, colgado de sus palabras, como el último de los hacheros. Yo, el hombre de la ciudad, de la civilización.”

“¿No le hablé todavía del hedor que reinaba en ese campamento inconcebible? ¿Ni de las moscas y tábanos que flotaban en nubes espesas? Seguramente fue eso lo que me decidió. Empecé a abrirme paso con el caballo a través del gentío.”

“—¡Paso a la autoridá! —gritaba el cabo haciendo restallar vigorosamente el arreador.”

“Y así llegamos ante el profeta. Créame, cuando no hablaba, era un hombrecito insignificante. Se quedó mirán- dome de soslayo, con esos ojos saltones y astutos, las manos cruzadas al pecho.”

“Le dije… ¿Qué podía decirle? Vea, amigo, váyase, que le conviene. No me alborote a esta pobre gente.”

“Se van a apestar todos con tanto amontonamiento.”

“¿Usted cree que me hizo caso? ¡Cualquier día! Empezó a agitar los brazos y balbucear incoherencias. ¿Por qué lo per- seguían? ¿Acaso él no era enviado para curar a los pobres? Y otras estupideces por el estilo.”

“Giré en torno y sólo vi caras amenazantes, manos oscuras apoyadas en los mangos de las hachas. En cierto modo esos pobres diablos eran mi gente, yo me había acostumbrado a tratarlos y comprenderlos. Ahora me resul- taban desconocidos. Estoy seguro de que me hubieran hecho pedazos si intentaba algo contra ese individuo. Hasta el cabo, que siempre me había demostrado una fidelidad de perro, empezaba a mirarme con desconfianza y reproche. Una voz gritó que me fuera. Luego, otras y otras, muchas. Un cascote se desmenuzó en polvo contra el pescuezo de mi caballo.”

“Pasó algo peor, algo que no alcanzo a explicarme. Yo creía y sigo creyendo que aquel sujeto era un simple farsante, que mi deber era ponerlo en un calabozo, o por lo menos alejarlo. Pero por un momento, un increíble momento, sentí esa vergüenza, ese sentimiento de culpa que debe asaltar al que persigue a un inocente.”

“Ya era de noche cuando atravesé el campamento. Brillaban hogueras. Y la voz del santón repetía un lúgubre estribillo:

“—Mi sangre es la curación de todos los males. —O algo así.”

“Cuando llegué al pueblo despaché un telegrama pidiendo tropas del ejército. ¿Qué otra cosa podía hacer? En cualquier momento estallaba una peste que se llevaría a la tumba a la mitad de aquellos infelices…”

Hizo una larga pausa, como si pensara dejar la historia inconclusa.

—Bueno —apremié—, ¿qué pasó con el Manosanta?

—Lo mataron —dijo el comisario Laurenzi—. Lo mataron esa misma noche. Pidió una grappa doble y la tomó ceremoniosamente antes de proseguir la narración.

—Entre la primera y la segunda vez que estuve en el campamento —dijo— pasaron doce horas. Y en esas doce horas sucedieron algunas cosas raras. La muerte de ese pobre diablo, desde luego, y el nacimiento del monstruo y las huellas que dejó en el barro, y…

—¡Un momento! —grité—. Comisario, usted me toma el pelo. Vea, primero se hace el Lucio V. Mansilla, o si pre- fiere el Esteban Echeverría, y me pinta un desierto, inconmen- surable, abierto, etcétera, donde nunca termina de posarse el polvo. Luego pretende reencarnar a Mary Shelley. Y ahora me sale hablando de huellas en el barro…

—Llovió esa noche —murmuró quedamente—. Lo más raro de todo. En seis meses no había caído una gota. Pero esa noche fue brutal lo que llovió. Hasta el cañadón traía agua, como si el río volviera al viejo cauce.

—No —dije—. No. No puede ser. Él se quedó mirándome, de lo más divertido, mientras yo movía obstinadamente la cabeza.

—¿Qué es lo que no puede ser?

—Que el Iluminado fuera auténtico. Que haya ocurrido el milagro. Que usted pretenda introducir una nueva religión oficial, en evidente perjuicio de la Madre María y Pancho Sierra. Que encima intente convertirme. Le doy mi palabra de honor, nada de eso puede ser.

—Piense lo que quiera —dijo suavemente, llamando al mozo e iniciando ese vago ademán de pagar que siempre com- pletaba yo—. Desde el punto de vista policial, que era el de la realidad escueta, que era el mío, el muerto se llamaba Varela, linyera y vagabundo con muchas y frecuentes entradas en la policía de San Luis, Córdoba y Tucumán, por ejercicio del curanderismo.

—Así vamos mejor —aprobé—. ¿Cómo lo mataron?

—De una puñalada en la carótida. Limpita, vea. Casi más una incisión que un tajo.

—Perfecto. Ahora explíqueme lo del monstruo.

—Usted no cree, ¿verdad?

—Hechos, comisario. Hechos.

—Bueno, los hechos es fácil anunciarlos. Parece que apenas empezó a llover Varela fue al rancho y se acostó. Por lo menos allí lo encontraron a la mañana siguiente, tendido en unas mantas. Al lado tenía un cofre abierto y sin nada.

“Al criminal había que buscarlo entre centenares de personas. Menos mal que llegó una compañía de soldados, y pudimos impedir el desbande. Pero de todas maneras nadie quería hablar.”

“Por eso me alegré tanto cuando descubrimos el rastro. Eran unas pisadas que seguían la orilla del cañadón y se paraban ante el rancho. Con un poco de suerte, pensé, resultaría fácil encontrar al asesino.”

“No me duró el entusiasmo. El cabo, que era medio baquiano, dijo que nunca había visto huellas como ésas. Y me hizo notar que eran demasiado profundas, demasiado hundidas en la tierra.”

“—Eso quiere decir que buscamos a un gordo —le dije.”

“No lo vi muy convencido. Hasta parecía asustado, supersticioso. Lo cierto es que el gordo no apareció. Quiero decir que no apareció nadie capaz de duplicar esas pisadas en el mismo terreno. Para eso, según el cabo, hacía falta un hombre que pesara entre ciento treinta y ciento cincuenta kilos. Y él estaba convencido de que no era un hombre.”

“Entretanto, el ambiente del campamento empezaba a descomponerse. Estallaban peleas que los soldados apenas podían dominar. Cuando vinieron a decirme que habían encontrado a un hombre con manchas de sangre en la camisa, pensé que todo se iba a aclarar.”

“Pero no fue así. Era un tullido. Tenía las dos piernas paralíticas, una lamentable cara de idiota y no hacía más que sonreír. Era evidente que no podía haber caminado hasta la choza ni dejado esas huellas. En cuanto a las manchas de sangre, se había lastimado con un cuchillo. Me mostró el cuchillo y me mostró la herida, poco profunda, que se había hecho en el brazo mientras dormía.”

“Fue entonces cuando apareció esa vieja, diciendo que de madrugada había visto al diablo rondar el campamento. Calcule usted el caso que podía hacer yo de una historia semejante. Pero hasta ese momento no tenía otra cosa.”

“Era evidente que la mujer hablaba en serio y estaba asustada. Había visto al diablo, dijo, y sin duda el diablo se había llevado al santo porque no podía sufrir que hiciera milagros. ¿Y cómo era? Muy alto, aseguró, y encorvado, y ustedes no me van a creer: tenía dos cabezas. Bueno, él se aparecía siempre en la forma que más le conviniera. ¿Si se había asus- tado? No ven que apenitas les puedo hablar… Temblaba y se hacía la cruz.”

“Créame, yo estaba harto de esas cosas.”

“Al fin me trajeron un ciego, porque le habían encon- trado encima mucha plata y hasta anillos y relicarios de oro. A lo mejor los había tomado del cofre del muerto. Pero él declaró que los tenía en depósito y que no iba a decir quién se los dio. Lo amenacé con meterlo adentro, por encubridor.”

“Este ciego era muy inteligente. No se le movió un pelo ante mis apremios.”

“—Descubridor, puede ser —me dijo—. Ciego y desgra- ciado también. Pero delator, ¡nunca!”

“—¿Y no serás vos no más el que mató al curandero?”

“—A lo mejor —repuso—, pero entonces tendría que explicarme cómo habría hecho para atravesar todo el cam- pamento dormido, con centenares de personas tendidas en el suelo, sin pisar a nadie. Para alguien que no ve, era imposible.”

“En eso vino el teniente que mandaba los soldados a preguntar qué íbamos a hacer con esa gente. No podíamos tenerlos más tiempo; ni siquiera había para comer.”

“Le dije que mandara a cada uno a su casa, porque el problema ya estaba resuelto.”

—No insultaré su inteligencia —concluyó el comisario Laurenzi con una sonrisa maligna— diciéndole cuál era la solución, porque usted seguramente la ha adivinado.”

—Mi inteligencia, señor comisario, prefiere ser insultada —le informé secamente.

—Voy a darle una ayudita —dijo el comisario, como en una audición de preguntas y respuestas—. El testimonio de la mujer resultó decisivo. El culpable era ese monstruo de dos cabezas.

—¿El diablo? —interrogué con profundo sarcasmo.

—Si usted quiere, aunque sólo en sentido figurado —res- pondió con perfecta ecuanimidad—. Vea, es muy simple. Una cabeza era la del tullido. Otra, la del ciego que lo llevaba a horcajadas. Ninguno de los dos podía haber llegado por sus propios medios a la choza de Varela. Pero los dos juntos…

—Comprendo —interrumpí—. Es muy fácil. El ciego utilizó las piernas y el tullido los ojos y las manos. Pero su téc- nica narrativa es deplorable —agregué buscando un ilusorio desquite—. Usted acude al esperpento literario para referir un crimen vulgar con el más trillado de los móviles: el robo.

—Eso cree usted —dijo mientras salíamos a la calle—. Porque usted se atiene a las interpretaciones más superficiales. Yo le hablé de un monstruo, y usted cree que me refería exclusivamente a esa extraña simbiosis del ciego y el paralítico. Por lo tanto, yo perdí el tiempo cuando le aclaré, ya de entrada, que lo monstruoso podía residir más bien en una idea.

“Las dos cabezas elaboraron ideas muy distintas con respecto al presunto Iluminado. La del ciego, que era esencial- mente la cabeza de un incrédulo, llegó a la conclusión de que Varela, siendo un farsante, hacía dinero con sus sermones y falsos milagros. Por lo tanto, valía la pena matarlo para quitarle el dinero. Hasta ahí, usted anda acertado. Pero la otra cabeza del monstruo bicéfalo era la de un creyente absolutamente elemental.

“Como tantos curanderos, Varela utilizaba esas frases espectaculares que constituyen el repertorio universal del embaucamiento. Recuerde: ‘en mi sangre está la curación de todos los males’. Esa fue la última sentencia que yo le oí y le resultó fatídica.”

“Porque el paralítico, el creyente elemental, el simple idiota de la dulce sonrisa, la tomó al pie de la letra.”


Comparte en tus redes!